FASTER, PUSSYCAT! KIL! KILL!
Fue un fin de semana excepcional, repleto de los viejos escenarios pero con un nuevo giro. Podría decir que extraño a aquel extraño, que no me quiso decir su nombre real--paranoia, paranoia--si bien me dejó un regalo que me llevé con placer.
En el bar la cosa estaba a reventar y recibimos pésimo trato, recordando porque prefiero salir los sábados en vez de los viernes. Entre empujones, risas y falsos abrazos, nos abrimos paso hasta la botella de cerveza, de pronto estábamos en otro lugar, y me reencontraba con un antiguo aventurero. Tuve que controlarme para censurar esas miradas insistentes, aunque en el fondo deseaba establecer ese contacto visual. Tuvo que haber pasado, pues en un momento mi acompañante hizo la observación:
--Todos señalan, observan...
--Estoy acostumbrado, me encanta la controversia. Después de todo soy una obra de arte abrstacto.
Y era cierto, lo bueno es que uno se regodea en el morbo y el escándalo, jugando con los personajes y haciendo de titiritero. Convenimos en que me daría asilo esa noche, y salimos corriendo, prófugos, en medio de la noche, mientras en cada calle encontraba nuevas tentaciones. Eterna sonrisa, eterna sonrisa.
Al día siguiente me sentí como un pájaro enjaulado, encarcelado en los confines de lo cotidiano. Caminaba en círculos, escuchaba alguna canción y pegaba saltos imaginándome en otro sitio. Me echaba en la cama y cerraba los ojos. Tormenta, un diluvio, y aun en las condiciones adversas mi semilla floreció. Se erguía recta y verde sobre la tierra fértil. Yo, delincuente de la carne.
Breve tormenta que se pasó como el viento de verano. De nuevo salía el sol y era momento de ir al cine, lo que constituyó toda una travesía a la vez fascinante y llena de mareos. En CU estaba todo abandonado, sólo veíamos los juegos de Six Flags en el horizonte, montañas rusas y proyectiles circulares, y niebla, sólo niebla.
Suprema, bajo la dirección en blanco y negro de Russ Meyer. Por extraño que parezca, no todo el público se quedó hasta el final, acaso ofendidos por la falta de gusto y coherencia: auténtico cine basura, pero con fuerza liberadora.
Deambulamos entre flores y rocas volcánicas. Nos extraviamos entre sesiones de fotos y caminos desiertos, andar a pata y correr por el pasto. Jamás me había sentido tan en paz conmigo mismo, y con mi amigo.
--¿Qué hacemos ahora?--inquirí.
Y ahí estábamos en camino, cargando provisiones para la tarde: dos pizzas personales, masticábamos ávidamente, mientras guardé mi chicle detrás de la oreja a la usanza de Violet Redgrave de Charlie y la fábrica... de Roald Dahl. De paso me había encontrado a mi proveedor clandestino, quien me reconoció debajo de todo el cabello azul y, bendita mi suerte, me invitó a un programa de radio para mostrarle mi trabajo, oportunidad que por supuesto aprovecharé.
Más que sometidos, estábamos entre LaGayta (¡Nadie me ha visto en LaGayta, jamás!, sentencié, haciendo caras a su ronda de música
grupera y jotas que bailaban en círculo). Tampoco podíamos regresar al lugar de enfrente, después del mal trato del día anterior, además de que estaba vacío:
--No tiene nada de onda. Prefiero que me atropelle una patrulla antes que regresar a ese hoyo de porquería.
Sometidos, volvimos al bar del que salimos corriendo como cenicientas la otra noche.
--Claro que quieres volver, porque ahí está ese idiota, imitación de hombre--adivinó mi amigo.
Y yo ya había notado que él se nos quedó viendo desde su altar, mientras fumábamos entre los carros
estacionados e intentábamos embaucar a algún turista.
Al bar volvimos y, eterna suerte, brillante, hermosa, llegamos a la hora feliz, dos por uno.
--¡Adoro los domingos!
Me encontré a un estilista que había intentado seducirme en el metro hace meses y fingió no reconocerme. Todos lo hacen, desmemoriados. Por supuesto, yo llevo mi lista de idiotas con los que me cruzo.
Nos sentamos en la tarima desierta, poníamos los ojos en blanco cada que algún grupo coreaba al son de la música.
Era parte del juego, y a fin de cuentas, me molesta más la falsa pretensión que la que se ejerce con plena autoconsciencia. Eventualmente se me acercó un tipo calvo, medio joven, que estaba en una mesa con sus amig@s, ninguna de ellas memorable. Sólo tuvo que abrir el hocico para arrastrarme, rendirme a la tentación de ser un poco ácido.
--Me gusta tu cabello--dijo hablando por entre la botella--. Está cagado...
--Oye--le dije, dulce--. Ven, acércate...
El tipo inclinó su enorme cabeza hacia mí para escucharme por encima de la música.
--Tú también estás cagado.
--Chinga tu madre...--alcancé a escuchar, mientras se alejaba blandiendo las manos.
Fue inevitable una explosión de risas. Eventualmente terminé sentado en sus piernas, pues sus amigos lo habían dejado solo, pero me pareció aburrido, sólo quería probar si ese otro fulano se percataba de mis acciones.
--Se nos quedó viendo--me comunicó Richie--. Se te quedó viendo, y fue muy obvio. Y eso que estaba con su novio.
--El muy granuja. Lo del novio es lo de menos.
Salimos con paso rápido, y como ya anochecía de nuevo Ricardo se ofreció a darme asilo.
--Si no te molesta...
--Claro que no. Sabes que en mi casa encuentras las puertas abiertas.
Al llegar pasamos a un puesto en la esquina donde cenamos hamburguesas. Se cayó mi fachada de Nunca -como-en-la-calle y tuve que admitir la derrota: la hamburguesa estaba deliciosa, y estar sentado ahí en el puesto, entre tiangueros y niños indigentes, me pareció de lo más fenomenal y apto para concluir la noche.
No podíamos dormir. Mi amigo sorteaba un idilio amoroso, lo dejaba atrás, y todo cambiaba demasiado rápido como para mantener el pico cerrado por más de cinco segundos.
No podíamos dormir. Mi amigo sorteaba un idilio amoroso, lo dejaba atrás, y todo cambiaba demasiado rápido como para mantener el pico cerrado por más de cinco segundos.
Así es como, por la mañana, luego de dejarlo en el trabajo, regresé a casa, para encontrarme con mi planta que crece. Para terminar de consentirme realicé una compra en línea y aquel muchacho, excelente compañero de viaje, se ganó un regalo postergado. También compré una copia usada del Rockbird de Debbie harry (Geffen, 1986), que no encontraba por ninguna otra parte.
Veremos, veremos, veremos que nos depara el destino...

(De nuevo regresa esa manía por hablar de mí en plural. Supongo, como en Israel de The Banshees, que nunca estamos solos cuando cantamos, jejejyje).


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